No pienses que te escribo porque no me atreva a hablarte. Cuando quieras, donde sea. Te escribo porque me gusta escribir y además, –el puntito narcisista— confieso que siento cierto placer cuando me leen. Porque cada palabra está en el lugar en el que debe estar, todas cuidadosamente pensadas para que cualquiera que se enfrente al texto pueda sentir como yo siento. Con olores, sabores y texturas. Me maravilla la importancia que tiene el saber escoger cada palabra para plasmar con la mayor fidelidad lo que estás imaginando. Una palabra mal elegida, puede estropear el sentido de todo el texto. Es fascinante la cantidad de mundos que se pueden inventar con sólo veintitantas letras.
Categoría: Excusatio non petita
... o sobre cómo empatarla
Acto I
Pues no me gusta tanto, ¿sabes? Ya no quedan príncipes azules, pero tenía la espinita clavada e insistí, no tanto porque me interesara, sino por orgullo. Había dado tantos pasos sin obtener respuesta por su parte.... pero a la vez, notaba algo raro, cuando nos encontrábamos se le veía incómodo, notaba que tenía interés. Como el día del puerto, que me llevó a mi casa la última, y dando una vuelta tan absurda... era tan obvio... pero luego, no se atreve a tomar la iniciativa. Por orgullo, tenía que conseguirlo por cojones. Ayer le pregunté porqué le dio miedo. Me dijo que porque no sabía cómo iba a reaccionar y porque me bajé muy rápido del coche. Pues me hubiera agarrado del brazo... o me hubiese dicho quédate un ratito más, como la vez anterior. Un poco infantil, ¿no? Esas cosas que sirven para perder las ganas. Sí... pero tenía la curiosidad... necesitaba quitarme el peso de encima. Además, ¿a quién le amarga un dulce? Anoche me preocupó el hecho de ponerme nerviosa cuando vi que todo era tan inminente. Pensé, joder, ¿y si de verdad me gusta? Lo que me faltaba ahora era obsesionarme -que mira que puedo llegar a ser obsesiva-, para que no me falte un detalle. Pero luego no fue para tanto... y ahora sé que ya no voy a provocar más encuentros. Que si él quiere, tiene que ser él quien tome la iniciativa.
Ya me lo dijo Auri, es un tímido inseguro... que esa historia ya me la sé, Anita. Otra no, pero esa me la sé.
Acto II
Con intención de actualizar la información de la que disponía Blanka, escribo en mi móvil ‘anoche me quité la espinita de Pi’… y cojo y le mando el mensaje a él. Si es que hay veces que no doy para más…
Mi padre me dijo una vez que un buen abogado siempre debe ser prevenido y calculador. Debe prever todas las posibilidades antes de que sucedan, para que no se te escape nada, para mantener el tipo. Adelantarse a los acontecimientos. Siempre. Yo lo hago. No sólo en mi trabajo. Lo preveo todo. Mi cabeza es como una película con cincuenta y ocho finales alternativos. Por lo que pueda pasar.
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Escribo este blog mediocre porque hay cosas que necesito expresar en voz alta. Y como hablar sola por la calle está mal visto, escribo. Me ayuda a poner mis pensamientos (más o menos) en orden. Al menos, durante un corto espacio de tiempo, el suficiente para ir construyendo más pensamientos que volverán a desordenarse. Escribo por lo que pueda pasar.
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El viernes pasado estuve en el Baluarte de la Candelaria, en Cádiz, viendo un concierto de SfdK. Ya hace tiempo que asumí que tengo un pésimo gusto para la música. Cultura musical, cero patatero, vale. Pero qué voy a hacerle si el hiphop es una música que me anima, si yo le pondría scratch a todo, si encuentro en el rap tantas letras que me dicen cosas. Sé que no parece compatible escuchar rap y enfundarme, a continuación, un vestido rojo de lunares con unos zapatitos blancos de alto tacón. Pero les digo yo que sí, que se puede compatibilizar, que cosas más raras se han visto.
SfdK son de Sevilla. Zatu y Oscar. Oscar (aka Acción) Sánchez es el mejor diyei que existe ahora mismo en el país. El rey del sampleo, creo. Me encantó el concierto…
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Pero en realidad, todo este rollo viene a que el título de mi blog me fue inspirado por la letra de un tema que comparte Zatu con el Loko de H Mafia en el disco Creador Series I, de Acción Sánchez. Por lo que pueda pasar -no está aquí, porque no puedo colgarlo en castpost, así que quien tenga interés que lo busque-. No es lo mejor que se puede escuchar, pero tiene un no sé qué, qué sé yo, que me encanta.
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Me gusta la frase y por eso me encanta el título de mi blog. No tanto el contenido, pero el título me encanta.
Por lo que pueda pasar, pon que os follen en la lápida.
Una vez el psicólogo del instituto nos pasó uno de esos absurdos test para ver a qué aspirábamos en nuestra vida. A mis compañeros les dijo que serían políticos, médicos, nada, amos de casa, etcétera... A mi no me lo dejó claro... es que no termino de verlo, me dijo. Como si estuviera intentando averiguarlo en una bola de cristal o en el poso de un café.
Pero sí que se atrevió a psicoanalizarme un poquitín a partir de las respuestas aleatorias que yo solía marcar en ese tipo de cuestionario. Me dijo, entre otras cosas, que era una persona muy flexible, en el sentido de que me adapto a todo, a que me avengo a lo que hacen los demás sin poner demasiadas pegas. Y en aquel momento no me pareció malo. Es más, me pareció una buena cualidad.
Ahora sé que era cierto. Pero ahora también estoy cansada. Porque parece que siempre voy a contracorriente y me siento obligada a dar la vuelta para unirme al grupo. ¿Que por qué lo hago? Porque de lo contrario, tengo que hacer el camino sola. Porque nadie cambia el rumbo para seguirme a mi. Y eso me entristece mucho. Que nadie haga sus planes conmigo, sino que me llamen para decirme si te vienes bien y si no también. Nunca había tenido tan meridianamente claro lo absolutamente prescindible que soy. Y eso me está matando. Ya no puedo ser tan flexible. Ya no quiero serlo.
Mi madre me ha contagiado la puta manía de cerrar los cajones. Pero, por otro lado, es de mala educación cerrar los cajones ajenos. La señora de la casa te mira de reojo, muy mal, cuando pasas por delante de un mueble y empujas subrepticiamente aquel que no está perfectamente alineado con el resto. Juro que es involuntario, el reflejo que sigue al martillazo en la rodilla, es como respirar. No... es como dejar de respirar, como una patada en el estómago. No soporto ver un cajón abierto.
Mister P., un magnífico pavo real lleno de pasión amorosa, pasa 18 horas al día 'pavoneándose' en una estación de servicio de Inglaterra para tratar de seducir a un surtidor de gasolina... (sigue aquí)
Fdo Arconte me explicó una vez porqué el desdichado animal actua así. Resulta que el pavo real rechaza a cualquier pava que muestre interés en él por inercia, de forma instintiva, porque le tiene miedo a las relaciones personales. Le horroriza implicarse emocionalmente con alguien porque teme que sus plumas de colores no sean suficientemente bellas. Porque sabe que puede descubrir cosas de él mismo que hasta ahora desconoce, porque ya le cuesta bastante mantener el control de su mundo como para ir cediéndole parcelas de dominio, competencias, a otra administración. Porque en una eventual relación existe demasiada incertidumbre y teme sufrir a causa de algo que él mismo haya provocado. Quizás algún trauma infantil atrincherado en su subconsciente. Por eso se fija en lo inalcanzable, sueña con imposibles. Un surtidor de gasolina vale (cuanto más inaccesible mejor). Sólo necesita atribuirle las características de su Ideal de Pava y... voilà. Ya tiene un amor platónico. Cuando se aburra de la inacción e indolencia del surtidor, se deprimirá un par de días, se autocompadecerá con un helado de fresa y nata y una película triste, maldiciendo a su mala suerte y a todas las gasolineras del mundo. A modo de coartada. Para así conseguir mantener a raya cualquier intento de manifestación de su raciocinio y, lo que es más importante, a cualquier pava que quiera quedar con él más de dos veces.
En fin, nada por lo que no haya pasado cualquier otro pavo real, ¿no?
Cuando tenía ocho años mi padre me preguntó si quería aprender a montar a caballo. Lo soltó tal cual, a bocajarro. Lo miré escéptica y le dije que no, estamos locos o qué, ¿caballos? ¡Son unos animales enormes!
Al año siguiente, después de haberme empapado una serie de dibujitos japoneses en los que una niña rubia se convertía en la amazona más famosa del mundo y ganaba todos los concursos conocidos con su flamante cuadrúpedo, decidí que yo también quería. Se me antojó la mar de glamuroso. Así que lo comenté en casa.
Me dijeron que sí, que sí. Como quieras. Pensaron que era un capricho. Una práctica más que añadir a la larga lista de actividades que ya había intentado sin resultado alguno: ballet (aún tengo el tutú rosa colgado en el armario), sevillanas, dibujo artístico...
La primera vez que me subí a uno de esos bichos los pies no me llegaban a los estribos, por muy cortos que estuvieran. Mi madre creía que iba a durar tres días. Que en cuanto el caballo se pusiera chulo y levantara tres veces la cabeza iba a bajarme llorando. Se equivocaba.
Nueve calendarios más tarde, empecé la universidad y tuve que dejar, por falta de tiempo, lo único en lo que me he considerado realmente buena a lo largo de toda mi vida. Si nunca fui buena, yo al menos me sentía capacitada para llegar a serlo. Cuando montaba daba igual qué pasara alrededor. Sólo estábamos el caballo y yo. El tiempo se detenía. Me sentía capaz de todo. Aunque también he llorado muchísimo, me he asustado y, por supuesto, me he caído. Hubo un (pequeño lapso de) tiempo en que incluso les cogí miedo. Un miedo pese al cual nunca remitió la imperiosa necesidad de seguir montando. Era como una droga. La sensación de entenderme con el caballo compensaba cualquier tropiezo. Ese momento en que el animal sabe que ha hecho su trabajo y busca el premio, el reconocimiento (un terrón de azúcar, una zanahoria, una caricia) no tiene precio. La adicción que me producían superaba cualquier duda, cualquier recelo. Cuando aterrizaba en el suelo después de planear por encima de la cabeza del caballo, algo indescriptible, superior a mi racionalidad, me impulsaba a subirme de nuevo, con dos lágrimas amenazando con sucumbir a la fuerza de la gravedad, pero me subía de nuevo, en silencio, sin rechistar, sin perder tiempo.
Recursos limitados. Mantener caballos y labrarse una carrera profesional con ellos es algo que sólo está al alcance de unos pocos. Y yo me tuve que conformar, durante esos años, con una o dos clases semanales. Insuficiente.
Sólo he tenido una cosa clara en mi vida. Es lo único en lo que no he dudado jamás. Lo único por lo que abandonaría mi corta carrera profesional sería por la utopía de convertirme en amazona, campeona olímpica. Pero hasta que no llegue a ser abogada corrupta y reúna el dinero suficiente, me tendré que conformar con soñarlo (aunque si por aquí se pasa y lee algún ganadero guapo, joven y soltero que no dude en hacérmelo saber).
Mi primer caballo será fuerte y noble. Alazán, a ser posible. Y se llamará Gominola.
Quien se encuentre en la misma situación que ella, que levante la mano. A mí me costó más tiempo decidir que quería darme de baja en la SantaIglesiaCatólicaApostólicaRomana. El último día, aquel que dije basta, borradme de la lista por favor, estuve en -lo que me dijeron sería- un retiro espiritual.
De jueves tarde a lunes mañana. Prepararse para Pascua, creo que me explicaron. Y la Mona me dijo "te vendrá bien. Tendrás tiempo de pensar en un montón de cosas. El retiro mola". Y allí me fui. Cogí cuatro cosas y me planté en la puerta del convento. Sí. Un convento. Sólo niñas, por supuesto.
El jueves cantamos. Únicamente. Y mucho. Quizás porque en aquella época ya había empezado a tontear con las letras de Juaninacka y Toteking, no me emocionaba la idea de pasarme todo el finde cantando con una guitarra cosas como esta:
Yo tengo un gozo en el alma ¡grande!
gozo en el alma, ¡grande!
gozo en el alma y en mi ser.
¡Aleluya, gloria a Dios!
Es como un río de agua viva, ¡viva!
río de agua viva, ¡viva!
río de agua viva en mi ser.
Ama a tu hermano y alaba a tu Señor,
ama a tu hermano y alaba a tu Señor.
Da gloria a Dios, gloria a Dios,
gloria a Él.
Ama a tu hermano y alaba a tu Señor.
El caso es que a la media hora de estar allí me aburría más que un cangrejito moro en un cubo. Pero pensé que se me pasaría, que sería cuestión de adaptarse. Dientes, que diría la Pantoja. Y a cantar y dar palmas. Como si estuviese en el Rocío. Aquello tampoco parecía tan malo. Pero podía ser peor. De hecho, llegó a ser peor.
El viernes me despertaron a las siete y me sentaron en un banco, de madera, en una capilla, a rezar. Sin café. Sin tostadas. ¿Cómo se puede rezar sin desayunar primero? Por lo visto, se puede. Aunque yo no lo conseguí. Recuerdo que me mantenía milagrosamente en posición vertical (milagroso por lo temprano y porque dormir en el suelo no es lo que mejor me sienta para la espalda) sumida en mis soñolientos pensamientos que, por supuesto, nada tenían que ver con Dios. Al final, nos dieron de desayunar. Rápido. Y a seguir rezando. No podíamos hablar entre nosotras. Sólo rezar y meditar. ¿Meditar en qué? Yo estuve pensando que en cuanto saliera de allí, que en principio iba a ser lunes santo, podía acercarme a Bahía Sur a comprarme unos zapatos muy bonitos que ya tenía vigilados desde hacía tiempo...
Jesús te llama, Jesús te llama, repetía el director espiritual.
A mi no. A mi no me llamaba. Dejé de pensar en los zapatos y escuché con atención.
Nada.
***
La monjita, que era un cielo, me dijo que el Diablo me estaba intentando tentar. Pensé en contestarle que si Satanás se manifestaba en forma de zapatos rosa, coche azul, ordenador y bocadillo de tortilla de patatas con mayonesa, efectivamente había conseguido convencerme para que pecara sin miramientos. Pero me limité a decirle, muy seria: hermana, necesito irme. Antes de dejarme marchar, me hicieron confesar con un hombre que me preguntó si mantenía relaciones pecaminosas e ilegítimas con mi novio. Le dije que con mi novio no, puesto que no lo tenía.
¿Y qué cojones te importa a ti ese tipo de cosas? ¿acaso te he preguntado yo por tu vida íntima? Déjame en paz y ponte a ver Aquí hay tomate y a repartir perdón indiscriminado a todos los depravados que salen en la tele, si eso te hace feliz... hombrepordios*
Cuando salí de allí, me sentí aliviada. Mi retiro (que duró menos de 24 horas) había acabado y me había servido como jamás pensé que serviría. Decidí que nunca volvería a rezar. Y ahora soy una más que no se puede borrar, católica por cojones. Pero si alguien pregunta por mí decid que, aunque mi nombre siga en la lista, hace tiempo que me escapé por una ventana.
*Esto sólo lo pensé. No lo expresé en voz alta. Me limité a decir necesito irme.

